Cotopaxi

Cotopaxi (5.895 m) -Ecuador-


El Parque Nacional Cotopaxi se ubica en la Provincia del mismo nombre. Su capital, Latacunga, se ubica 30 kilómetros al sur del parque a 2.800 metros sobre el nivel del mar. El parque fue inaugurado oficialmente el 26 de julio 1979, con el objetivo primordial de preservar las bellezas naturales que alberga, incluidos los numerosos volcanes como el Cotopaxi, Rumiñahui o Sincholagua, entre otros. Ocupa una superficie de 33.000 hectáreas y seguramente uno de sus rasgos distintivos es el rango altitudinal que presenta que va de 3.400 a 5.897 metros sobre el nivel del mar.

En la parte central está ubicado el volcán Cotopaxi, sin duda la montaña más visitada y, probablemente, más bella del Ecuador. El Cotopaxi (Cuello de la Luna), es un volcán cónico altamente simétrico con extensos glaciares. El cráter del volcán es ovalado con un diámetro de 800x600 m. y una profundidad de 200 m, desde el borde. Este activo volcán apareció a mediados del Pleistoceno entre un millón y 200.000 años atrás sobre capas volcánicas aún más antiguas. Su última erupción de importancia fue en 1906, reactivándose en 1944 y 1975 con menor fuerza.

Al margen de los peligros inherentes a las grandes montañas, debemos contemplar los potenciales derivados de su actividad volcánica. Los flujos piroclásticos podrían disolver los glaciares en minutos y crear devastadores flujos de lodo que ya, en ocasiones pasadas, han arrasado con los valles de Los Chillos y Latacunga.

El parque, además, cuenta con muchas especies de mamíferos y aves, a pesar de la altura. En su entorno nos encontraremos con algunos mamíferos como el venado, la llama, el conejo, el oso de anteojos o el puma, además de numerosas especies de aves, como la gaviota andina y el cóndor.


Ascenso


El día 5 de Agosto de 2008, sólo dos días después de haber hollado la cumbre norte del Nevado Illinizas, nos lanzamos en pos del más famoso de los volcanes ecuatorianos: el mítico Cotopaxi.
En el vestíbulo de su cumbre, a poco más de 100 m de la gloria, un enemigo que hasta ahora siempre habíamos superado en las grandes montañas, se tomó su justa revancha. Los terribles vientos huracanados nos obligaron a tomar la más dura, pero sensata decisión. Abandonar la ascensión y retornar al refugio. La fase dde aclimatación para el defintivo ascenso al Chimborazo, estaba realizada.


Así lo vivimos



Partimos hacía las 3 de la madrugada del refugio "José Rivas", en busca de la entrada al glaciar. Una noche fría y en aparente calma que no hacía presagiar las dificultades que aguardaban en las proximidades de la "yanasacha", la famosa barrera rocosa que se divisa en lontananza desde la mismísima ciudad de Quito.

En la profunda oscuridad de la noche, nos costo algo más de lo esperado localizar el glaciar de entrada, y trazar la ruta correcta. Pero al cabo de 2 horas, ya ascendíamos por la vía con cierta destreza.

Las primeras luces del amanecer nos trajeron imágenes de una belleza indescriptible. La luz se mezclaba con las nubes, y entre ellas se filtraban los oscuros campos de lava y las siluetas de montañas próximas. Pero también comenzó a aparecer el omnipresente viento de estas latitudes.

A esas alturas, un descuido ya nos había privado de nuestro gps para el resto de la expedición. Pero la ascensión continuaba a buen ritmo. El Sol, el mejor compañero de viaje de un alpinista, dejó a la montaña en evidencia. La ruta era clara y diáfana, la cumbre visible y cada vez más próxima. Bañados por la luz, las grietas del glaciar se vadeaban con comodidad. Todo marchaba a la perfección, salvo el desatado vendaval que crecía inconmesurable. Pero tras seis horas de ascensión, con la cumbre a un tiro de piedra, el viento ya no era otra cosa que un huracán desbocado. Avanzar era prácticamente imposible. Ascendíamos de costado, encogidos, deteniéndonos constantemente, y en múltiples ocasiones apazagados para no rodar glaciar abajo. ¡Estábamos ascendiendo a gatas!. No escalábamos; simplemente luchábamos para no rodar.

¿Tenía sentido arriesgar tanto?. Seguimos intentándolo, pero un nuevo golpe del huracán estuvo en un tris de arrojarme al abismo. Esta, al fin y al cabo, era una montaña puente. Un punto más de la fase de aclimatación para nuestra ascensión al Chimborazo.

¡Se acabó!, Eso es todo. Cuando sientes tan amenazada tu supervivencia, es mejor ceder. Con la vida en tus manos, siempre habrá otras oportunidades para volver. Sin ella, nada es posible.

Enfadados y decepcionados, tomamos la decisión adecuada. Al fin y a la postre, el Cotopaxi seguirá allí eternamente.

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