Citlalteptl (Pico Orizaba) 5.747 m – Ascenso

La montaña más alta de México/Mesoamérica

 

Eran las 11 de la mañana del 19 de Marzo de 2013, día de San José, cuando alcanzamos el cráter del gran volcán mexicano. 
Fue una apuesta árdua y arriesgada. La climatología nos había privado de la necesaria aclimatación a la altitud, obligándonos a ascender desde los 2.600 metros de altitud del pueblo de Tlachichuca, en las proximidades de la montaña, hasta los 5.747 m de su cumbre en sólo dos días. Pero, en ocasiones, el alpinismo exige asumir desafíos mayores de los calculados. Nosotros lo hicimos, conscientes de los riesgos que corríamos, y la montaña premió nuestra apuesta acogiéndonos en su regazo y regalándonos  una inolvidable escalada.


Ascenso


 A los dos días de poner pie en tierras mexicanas, ya nos encontrábamos a las puertas de la gran montaña. Llegamos a Tlachichuca, poblado a pies del volcán, ansiosos por afrontar nuestro reto, y comenzamos a organizar los preparativos para la ascensión. Pronto tomamos conciencia del poco tiempo del que íbamos a disponer.

La mala climatología se iba a convertir en una grave amenaza para nuestros propósitos. Durante esos días, una perturbación atlántica nos mantuvo varados en el pueblo, mientras la montaña se cargaba de nieve. Habíamos planificado una ascensión de seis o siete días; la alta montaña exige cumplir con un calculado plan de aclimatación a la altura.

El organismo humano necesita adaptarse a la falta de oxígeno y al constante descenso de la presión atmosférica, pero el escenario que se cernía sobre nosotros abría una ventana de apenas dos o tres días de buen tiempo. Después, tormentas, más nieve, y al final del camino nuestra más que probable renuncia.

     

Decidimos arriesgar, y aprovechar ese corto intervalo de tiempo que nos ofrecía la montaña. El Lunes, 18 de marzo, alcanzamos el refugio de Piedra Grande, a 4.000 metros de altitud. En él pasamos el día y nuestra primera noche, una vez desechada la idea de montar un campo de altura avanzado. Durante el martes 18 de marzo, apenas hubo tiempo para hacer una marcha de aclimatación de poco más de cuatro horas, y apenas 500 metros de desnivel. Muy poco trabajo en montaña para el esfuerzo que nos exigiría la cumbre del volcán, pero era todo cuanto teníamos a disposición.

Nos enfrentábamos a una tortuosa escalada de más de 1.600 metros de desnivel, y con una escasísima aclimatación a la altura. Conocíamos sobradamente los riesgos fisiológicos que tendríamos que asumir ante una ascensión en esas condiciones, pero estábamos allí para hollar aquella cima, y no iba a ser fácil que los elementos nos hicieran renunciar a pesar de los riesgos.

Descansamos el resto de aquel martes, nos hidratamos todo cuanto pudimos y nos alimentamos debidamente. Sólo teníamos un cartucho, y debíamos acertar.


Así lo vivimos


A la una de la madrugada del miércoles 19 de marzo, sonó el despertador y comenzamos con los rituales de alpinista. En silencio, con la única luz de los frontales, nos fuimos embutiendo en nuestras ropas de abrigo, preparamos el material de escalada, desayunamos ligeramente y poco más allá de dos de la madrugada nos pusimos en marcha con destino a la cumbre. Estábamos completamente solos en la montaña, acompañados por  nuestros pensamientos y los resuellos a los que obligaba el esfuerzo. No había lugar para errores; nadie podría sacarnos de allí. Tres horas más tarde, tras serpentear y superar los resaltes rocosos de una profunda garganta, alcanzamos “Los nidos”, zona en la que habíamos planificado montar nuestro frustado campo de altura. Poco después, hacia las seis de la mañana, volvimos a detenernos, con la noche aún cerrada, para calzarnos los crampones y poder afrontar las primeras palas de nieve dura y hielo que cubrían la zona conocida como “El laberinto”.

Los primeros rayos del amanecer nos sorprendieron al borde del glaciar Jamapa. Desde allí, un enorme manto de hielo glaciar se extendía montaña arriba hasta coronar el cráter del volcán. Podíamos adivinar su borde al final, envueltos por  una atmósfera de luz renacida que hacía palidecer la nieve y el basto horizonte que ya quedaba a nuestro alcance. El frío se hacía sentir con fuerza, y el viento comenzó a soplar con voracidad. Sentíamos las manos y pies congelados, pero el alma bullía caliente, bien abrigada por los sueños que nos empujaban a seguir subiendo.

Por aquellas pendientes talladas en un hielo petrificado, soportando los embates del gélido vendaval, comenzamos a sufrir los efectos de la pobre aclimatación de nuestros cuerpos. Nuestra cadencia iba reduciéndose a medida que ganábamos altura, y la frecuencia de nuestros descansos crecía. Llevábamos horas con el ritmo cardíaco disparado, y con la sensación de que el corazón acabaría saliendo por la boca en el momento menos pensado. El cansancio se hacía insoportable en ocasiones. Veinte pasos, parada, veinte respiraciones para engullir a borbotones aquel aire enrarecido, y vuelta a subir. Esa era nuestra pesada letanía. Y mientras, el oxígeno agotándose cada vez a mayor velocidad  sin que la cumbre pareciera acercarse.

Así, sufriendo lo indecible, se nos fueron cuatro horas sobre la faz del glaciar hasta que, alrededor de las once de la mañana, alcanzamos el filo del cráter que habíamos ido a buscar desde el otro lado del océano. 

Muy cansados, aturdidos, temblorosos, pero enormemente felices, nos dedicamos a descender con extremo cuidado por un terreno abrupto y peligroso, a sabiendas de que la montaña no dudaría en quedarse con nosotros para siempre al menor descuido que tuviésemos. Nuestros relojes marcaban las tres de la tarde en el momento en que volvimos a abrir la puerta del refugio de “Piedra Grande”, y nos fundiamos en un abrazo que ponía punto final a aquella vertiginosa ascensión.  

Habíamos necesitado trece horas para alcanzar el objetivo de la sexta expedición de “Cumbres del Pacífico”, y una vez más nos dábamos cuenta que lo verdaderamente importante no había sido pisar la cima del gigante mexicano, sino disfrutar de la aventura, de la incertidumbre que siempre te plantea y de una amistad común que va mucho más allá de nuestros lazos de sangre.