Chimborazo

Chimborazo (6.310 m) -Ecuador-

El punto de la tierra más próximo al sol

  dscf0781  

 

Una antigua leyenda nativa relataba que el Chimborazo y el cercano Carihuairazo (5.116), ambos cerros varones, lucharon entre sí por el amor de Tungurahua -cerro hembra- los encolerizados pretendientes lanzaron rocas y el que prevaleció fue Chimborazo.

Desde su descubrimiento por los Occidentales, y durante muchos años, ésta inmensa mole divisable desde el Océano Pacífico, fue considerada la montaña más alta del mundo. El Chimborazo es un volcán extinguido que aún conserva parte de su antigua actividad sismológica. Su cima está horadada por un gran cráter en el que la nieve acumulada se derrite como consecuencia de la temperatura templada que proporciona los gases  cálidos que emana de su interior. Se calcula que su última erupción  tuvo lugar hace 10.000 años.

El volcán forma un enorme macizo que discurre en dirección este-oeste con una base de diámetro de 20 kilómetros, y su ascenso presenta un grado de dificultad bajo/moderado.

El techo Ecuatoriano guarda el simbólico galardón de ser el punto más alejado del centro del planeta, como consecuencia del abultamiento ecuatorial terrestre,  o según se quiera observar, el punto más cercano al sol.


Ascenso


En los primeros minutos del día 8 de Agosto de 2008, cuando el mundo dirigía sus ojos hacía la puesta de largo de la Olimpiada de Pekín, encendimos nuestros frontales y salimos a la fría noche a encontrarnos con las rampas definitivas del Chimborazo.
Luchamos contra la oscuridad, el viento, el frío, los desprendimientos de roca, las cascadas de hielo, pero acechando nos aguardaban nuestras propias limitaciones físicas. Francisco, no pudo superar la gastroenteritis que arrastraba. Tras cinco horas de lucha, la altura y la deshidratación le vencieron y nos obligaron a acometer un peligroso e incierto descenso durante tres horas más. Perdimos, así, la primera oportunidad para coronar su cima. Cerramos con ello ese capítulo, pero aún falta por escribir el epílogo.
¡¡Volveremos a vernos!!


Así lo vivimos


 
 

Una cena inoportuna en Riobamba, la ansiedad por acelerar la recuperación y un cuerpo que eliminaba más liquido del que ingería, no eran las mejores señales para atacar una montaña de más de 6.000 m. Lo sabíamos, pero también sabíamos que a esas alturas de la expedición sólo íbamos a contar con un cartucho para disparar a su cumbre.
Alcanzamos el Refugio Whymper (5.200 m), sobre las 16h del día 6 de agosto. Con pocas fuerzas y una mala alimentación, Francisco preparó su saco y se introdujo en él para recuperar algo de las fuerzas pérdidas. Lo que en principio debían haber sido un par de horas, se convirtieron en diecinueve horas de malestar, dolor, angustia, y un sinfín de visitas a la letrina del refugio,  sólo compensadas con el litro de suero adquirido en una farmacia de Riobamba.
Trece horas más tarde, con una comida a base de pasta, un par de manzanas y algunas infusiones, salimos a enfrentarnos al gigante ecuatoriano. A pesar de los antecedentes, el sueño de pisar la cima y poder acercarnos al sol desde el punto más lejano del centro terrestre, latía firmemente en nuestras cabezas. Encontramos la ruta de ascenso sin dubitaciones, explorada por Félix el día anterior, y manteniendo un ritmo cómodo y continuo fuimos sorteando las pedreras iniciales hasta alcanzar los primeros vestigios del glaciar.
Ascendíamos buscando la arista de la montaña, dirigidos por la penumbra del "Castillo", un farallón de roca que marca el cambio de dirección en la ruta de ascenso, entre lenguas de hielo y roca. El frío no era demasiado intenso, y continuamente se escuchaban los crepitantes golpes de rocas y hielo que se desprendían de las partes altas. El primer susto importante lo causo uno de ellos, justo cuando una roca de importantes dimensiones paso por nuestro lado cortándonos el aliento.
Hasta alcanzar el Castillo, todo iba perfecto. Allí cambiamos de dirección, y comenzamos a ascender por la larga arista que conduce a la soñada cima, primero ascendiendo por hielo y nieve consistente, más tarde enfrentándonos con soltura a dos cascadas de hielo consecutivas, para entrar finalmente en una loma de pendiente sostenida y abarrotada de tediosos penitentes. En esos momentos, tras cerca de cinco horas de ascensión, las paradas de Francisco comenzaban a confirmar nuestro peor escenario. Su debilidad ganaba terreno de manera alarmante. Así, en poco más de veinte minutos, y tras el enorme desgaste que le ocasionaba el ascenso entre las estalagmitas de hielo, su batería se cortocircuitaba de forma definitiva. Completamente agotado y extenuado, sin fuerzas para gritar y solicitar el auxilio de Félix, se sentó en la nieve y aguardó a que la tensión de la cuerda y el tiempo le hicieran comprender que algo no marchaba bien más abajo. Allí se acababan los sueños de conquista, y daba comienzo una dura lucha por la supervivencia. Desfondado, con una considerable pérdida de visión, mucho frío y una enorme inestabilidad, comenzó el incierto descenso. Tres horas en las que una cuerda, y la habilidad de Félix para guiar y conservar la calma, permitieron que el incidente no pasara a mayores. Entre otras muchas, aquella fue una de las tantas contrariedades que acaban presentándose en la vida de cualquier alpinista.
Así es esta pasión que nos embarga y nos empuja a enfrentarnos a tantas incógnitas. Puede que resulte inexplicable a muchos ojos, pero son esclarecedoras para nuestras almas. Lo que los ojos de Francisco no podían ver con claridad, lo sentía su corazón. El deseo de buscar, conocer y sentir, al margen de la propia vida, no tiene precio.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *